El pasado 2 de abril, finalmente se cumplieron 20 años de la emisión del primer capítulo de Haruhi Suzumiya en Japón. Quisiera haber abierto esta entrada con alguna novedad importante que hubiera traído este aniversario, pero al parecer fuera de un par de ilustraciones de Noizi Ito, el restreno de Haruhi en la TV Japonesa y en Netflix y un par de colaboraciones random que van desde Sanrio hasta McDonald's, la verdad es que no ha pasado mucho desde la última entrada hace casi ya dos meses.
Como ya deberán saber a estas alturas, la primera temporada de la serie se transmitió cronológicamente desordenada, siendo el episodio estreno "Las Aventuras de Mikuru Asahina", la cuestionable película que la brigada SOS grabaría para el festival escolar de su escuela.
Es raro pensarlo, pero para ese entonces Haruhi ya contaba con alrededor de 8 exitosas novelas y era una franquicia literaria destacada en Japón, lo cual en parte explica ese sentimiento de confianza de los productores de transmitir la temporada de manera tan desordenada y rozando lo experimental al intercalar los episodios del primer libro con historias desconexas de las siguientes novelas.
Es increíble pensar en todas las cosas que estaban en juego con esta primera temporada: el futuro de Kyoto Animation, el despegue de la carrera (como seiyuu y cantante) de Aya Hirano, la "fórmula ganadora" de llevar una novela ligera a la TV, y sin contar que fue una de las primeras series que transformó y propagó (para bien o para mal) la cultura otaku en los comienzos de la masificación del internet, es decir, en una era pre-streaming y redes sociales.
Un claro ejemplo de esto fue el fenómeno del Hare Hare Yukai, cuya canción y coreografía recorrió el mundo gracias al internet. Muy en plan Haruhi, el Hare Hare Yukai era enérgico, llamativo, absurdo, raro... a la par de ser extremadamente memorable e imposible de ignorar.
No se si sea sorpresa para alguno, pero yo no alcancé a vivir todo eso. En el 2006 yo ni siquiera sabía usar una computadora y mi única exposición al mundo del anime era el bloque Invasión de Chilevisión y series como Doraemon o Ranma 1/2, que por cierto, para mi eran caricaturas como todas, sin importarme su país de origen. Vine a conocer a Haruhi muchísimo después, tras el hype que dejó la segunda temporada y la eventual película.
Lo cierto es que para 2006, Suzumiya (así como el anime en general), aún eran cosas de nicho, algo que solo de interés para otakus y frikis. Recuerdo que en el liceo, mis compañeros (inclusive los otakus) solamente identificaban el uniforme de Haruhi ya que era utilizado en un video bizarro de un tipo bailando con una máscara de caballo, que tan populares eran a principios de los 2010s.
Cualquier anime que alcanzara un nivel de popularidad comparable al de Haruhi Suzumiya en su momento, difícilmente pasaría desapercibido hoy en día. Actualmente, el mercado del anime y de la cultura asiática en general se ha expandido tanto que el mismo termino "otaku" (con todos los estereotipos negativos que conllevaba) ha perdido todo su valor y especificidad. Series como Haruhi, que en su momento marcaban tendencia en comunidades dedicadas, difícilmente pueden compararse en alcance con producciones actuales como Demon Slayer o Chainsaw Man. Ya sea por culpa de la pandemia o que los ñoños se apoderaron de los medios, pero en de un momento a otro el anime comenzó a formar parte integral del entretenimiento global y plataformas masivas como Netflix o Crunchyroll se encargan de distribuirlo de maneral legal e inmediata. En pocas palabras, la subcultura se terminó por transformar en cultura popular.
Curiosamente, la popularidad de las producciones japonesas también ha sido retroactiva. Series como One Piece, Evangelion, Nana, Death Note o Berserk o las películas del Studio Ghibli, parecen ser más populares hoy que cuando se estrenaron por primera vez. Sin embargo, considerando la fama de Suzumiya, me atrevería a decir que aún sigue siendo algo de nicho. Es decir, nunca tan desconocida para la tomen por lost-media, pero si muchísimo menos popular que otras producciones coetáneas, inclusive aquellas que no fueron tan populares mientras estaban en emisión.
Dicho esto, me gustaría comentar otro fenómeno que he visto tanto en redes sociales como en conversiones presenciales y quizás tenga que ver bastante con esto: la dificultad de las nuevas generaciones de conectar con la serie. Fuera de la típica pregunta si ver la serie en orden cronológico o en orden de transmisión o la polémica de Agosto Infinito, actualmente es muy común ver discusiones de nuevos espectadores sobre los comportamientos y ciertas situaciones que se ven en algunos capítulos: abusos, humor sexual incómodo, dinámicas de poder o que derechamente Haruhi es un personaje desagradable con el cual es imposible empatizar.
Ciertamente hay segmentos que hoy se perciben de manera distinta. Situaciones como el chantaje al club de informática bajo acusaciones de acoso sexual se presentaban con un tono humorístico, donde la comedia radicaba precisamente en la desfachatez y falta de límites de Haruhi y una oportunidad para que las chicas mostraran un poco más de piel con el fanservice. Por lo menos yo en ningún momento sentí que la serie buscara empatizar con Suzumiya en estas situaciones, para eso está el protagonista, Kyon, que usualmente es la voz de la razón e intenta detenerla, siendo precisamente uno de los conflictos principales de la segunda temporada. Sin embargo, vistas desde la sensibilidad actual, puedo entender que estas escenas pueden resultar incómodas o problemáticas para parte del público, especialmente cuando la propia serie deja en claro que Mikuru, quien es mucho más inocente e indefensa que Suzumiya, lo pasa fatal a su lado.
Sin ánimos moralistas o apologéticos, creo que lo más razonable es entender estas escenas dentro de su contexto: la serie sigue siendo la misma que en 2006 y lo que ha cambiado es la forma en que la interpretamos. Al menos en mi interpretación, cosas como que Haruhi le agarrara las tetas a Mikuru estaban planteadas como algo chistoso (independientemente de que si te hacía gracia o no) y no como una representación realista de algún abuso sexual ni mucho menos como una declaración sobre la sexualidad del personaje, que también he visto que da bastante que hablar hoy en día. Del mismo modo, la personalidad muchas veces errática de Haruhi tampoco me parece responder a una intención de construirla como un personaje de algún espectro neurodivergente, sino que responde a una lógica narrativa y humorística dentro de la misma serie.
Lo más bonito de todo esto es precisamente la posibilidad de tener y comprender múltiples lecturas. Cualquier obra, en especial una tan única como Haruhi, nunca es estática. Siempre va a cambiar según quién, en qué momento, y desde qué contexto se le mire. Lo importante no es perder el foco: al fin y al cabo, todos los personajes son ficticios, no existen, y por lo tanto no tienen porqué regirse a las mismas normas que nosotros.
Esa diversidad de interpretaciones no invalida unas a otras, sino que enriquece la obra y su experiencia, permitiendo que siga siendo relevante con el paso del tiempo, ya que cada generación dialoga con ella de forma distinta. Resulta llamativo pensar que una serie de 2006 ya esté siendo reinterpretada desde múltiples enfoques, a pesar de que en perspectiva, no ha pasado tanto tiempo. Yo mismo he tenido diversas reacciones ante la serie en diferentes etapas de mi corta vida. Lo importante, y lo que hace especial a Haruhi para mi, es que siempre he rescatado algo valioso.
Terminado ese parloteo incoherente (porque de algo tenía que hablar en esta entrada), no me queda nada más que decir: Felices 20 años del anime!











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